lunes, 14 de noviembre de 2016

Te Atreves a Soñar (Capítulo III)

CAPÍTULO III
Mientras en la universidad todo avanzaba muy tranquilo los primeros días con Patricia, en Line Up todo fue distinto tras la inauguración.
Tras unos días frenéticos en los cuáles me vi superado por la cantidad de clientes, poco a poco la tienda entró en la dinámica propia de finales de septiembre.
La verdad es que me estaba empezando a gustar, cosa que no esperaba pues no era muy abierto a tratar con desconocidos y día a día me sentía más cómodo haciéndolo, eso se notaba mucho en la relación que tenía con mis compañeros, Leire era la perfecta jefa para un grupo joven, era enérgica, alegre y sabía mandar sin ser borde. La verdad es que consiguió hacer de nosotros una piña, mi relación con ellos era muy buena, especialmente con Lucas, un chico de más o menos mi edad que a pesar de su timidez era muy divertido e interesante, algo que me recordaba a mí.
Me daba rabia reconocer que mi madre tenía razón, al final no era tan malo aquello, pese a que seguía sin estar totalmente convencido de estar tanto tiempo en Barcelona, a la que pudiera ne iría.
Las cosas en casa iban mucho mejor, mi padre tenía menos estrés y eso se notaba en su humor y en su cara, podía dormir más y sobre todo podía pasar más tiempo con nosotros.
Lucy maduraba a una velocidad que me costaba asumir, a su edad a mí me sacaron de mi país y fue realmente duro, ella sin embargo vivía su segunda mudanza como si fuera algo cotidiano, parecía que a ella le venía bien el ambiente de Barcelona, allá donde fuera tenía un libro en la mano y cuando se lo acababa cogía otro de cualquier biblioteca, ella era feliz, mis padres también, quizás si yo pensara menos también lo podría ser.
Una de las cosas que me gustaban de la uni era la energía que me transmitía Patricia, aunque yo fuera agotado de trabajar el día anterior siempre era capaz de animarme y activarme, su vitalidad eran me hacía sentir como si hubiera dormido las doce horas que quisiera.
No llevabamos ni un mes de clase y parecía conocerla de toda la vida, me contaba cientos de anécdotas sobre su vida sin miedo a qué pudiera pensar de ella, quizás yo no fuera tan valiente, quizás se alejara si supiera como había sido antes, prácticamente no había tenido relación con ninguna chica y aquella que ejercía de excepción acababa resultando peor.
Un día de noviembre, al salir de clase, volvió a preguntar por mi vida, a pesar de que cada día le decía que ya le contaría, ella insitía en querer saber, después de todo ella confiaba en mí y siempre conseguía hacerme sentir cómodo así que aquél día decidí que quizás ya era hora de abrirme un poco.
-Bueno va, cuéntame algo de tu vida, no sé lo que quieras, si sirve para conocerte un poco más ya me vale.
-Mmm, déjame pensar... Vale ya sé, te voy a contar algo que ni te imaginas. Me llamo Josh y soy de Nashville.
-...¡Venga va en serio!
-Si hablaba totalmente en serio ja, ja, ja.
-¿De verdad? No lo sabía, tan sólo lo habré escuchado unas cien veces y probablemente sea lo único que sepa de ti. Cuéntame algo que no sepa va. -Me puso tal sonrisa que fui incapaz de negarme.
-Bueno si te voy a contar prefiero estar sentado en algún sitio.
-Vale, vamos a alguna cafetería o algo, hoy invito yo, que no todos los días una consigue que Josh Farrow cuente algo sobre su vida.
No tardamos en encontrar una cafetería donde sentarnos a hablar y una vez pedimos lo que quisimos cogí aire y lo solté:
-Mira Patricia, yo no he tenido una infancia fácil la verdad, no porque mi familia sea mala, pues son lo mejor que hay en este mundo, pero no es fácil cambiar de país con diez años, dejar Nashville e irnos al pequeño pueblo de Constantí, todo cambió, el idioma con el que hablábamos en casa, nuestras costumbres, todo. Desde el principio fui con niños más pequeños que yo para así poder aprender bien el idioma, realmente tardé tiempo en acostumbrarme y cuando lo conseguí nos tuvimos que mudar a Reus. Allí seguía siendo el grande y se empezaba a notar mucho, no podía jugar con mis compañeros porque les hacía daño por tanto estaba todas las tardes solo, al final acabé jugando a tenis y la verdad es que me sigue encantando, y allí conocí...bueno da igual, no importa. Creo que por hoy ya he contado mucho. -Dije seriamente. - Si no no tendré qué  contarte otro día. -Añadí intentando quitarle hierro al asunto.
-Tienes razón, me has contado mucho más de lo que esperaba, muchas gracias Josh Farrow por abrirte y dejar que te conozca un poco mejor.
No sé si se notó tanto mi reacción pero Patricia cambió el chip al momento, empezó con una actitud mucho más bromista, quizás intentando que no pensara en aquello que me dolía interiormente. Era como si no pudiera ocultarle nada, como si me leyera los pensamientos cada momento y actuara acorde a ellos, pero consiguió a base de chistes y bromas que olvidara lo que me había rallado. Cada minuto con ella no tenía precio, tal vez valiera por todos los momentos que había pasado solo. Solo recuerdo que el tiempo con ella volaba.
Llegó el momento de irnos y mientras se iba al lavabo conseguí pagar la cuenta sin que se diese cuenta y al salir cayó en que yo la había pagado.
-Oye, ¿Quién te ha dado el derecho de pagarme el almuerzo? ¿Acaso eres mi salvador, un ángel de la guarda o algo parecido?
-Si yo tengo que ser tu ángel de la guarda mejor quédate en la cama y no salgas nunca porque soy bastante empanado y quizás me distraigo en vez de salvarte.
Considéralo un agradecimiento por hacerme pasar un rato tan bueno. -Respondí mientras nos acercábamos a la parada del metro.
-¡Qué morro tienes! Ten claro que algún día pagaré sin que tú te des cuenta. -Dijo mientras nos despedíamos con un abrazo. -No lo olvides Josh Farrow, tengo una cuenta pendiente contigo. - Añadió mientras se iba alejando por las escaleras mecánicas.
Tardé unos segundos en incorporarme de vuelta en la realidad y cuando lo hice me puse mis auriculares, cogí el bus y me fui a casa. Al llegar mi madre me dio una lista de cosas que necesitaba que comprara y no sé por qué, pero en vez de quejarme como siempre, cogí el papel y el dinero y sin decir nada me fui a comprar. Cuando volví mi madre se quedó en silencio viendo como guardaba la compra, seguramente estaba alucinada pero supongo que prefirió callar y no saber antes que poder romper la armonía que parecía envolverme.
Después de comer me eché un rato en la cama y me fui al trabajo.
Una vez en la tienda, Leire me miró atónita, como si no esperara verme allí.
-¿Has visto un fantasma o es que tengo monos en la cara? -Bromeé aún sin saber el porqué de su reacción.
-Lo de los monos no lo descartes... Ja, ja, ja, no sabes que hora es no? Debes estar malo o algo porque has venido más de una hora antes de lo que te toca.
Al momento miré la hora y me di cuenta de que estaba en lo cierto, eran poco más de las cuatro y yo no entraba hasta las cinco y media.
-Bueno mira me serás útil al menos, échame una mano a ordenar un poco esto que las demás están en el almacén preparando todo lo nuevo que nos han traído. -Dijo señalando un montón de ropa que había desordenada.
-¿Cómo ha ocurrido esto? Creía que eras una loca maniática del orden ja, ja, ja.
-Dudo que llegues a imaginarte cuanto lo soy... ¡Ja, ja, ja! Los guiris... ya sabes que vienen, miran todo, lo dejan de cualquier manera y se van.
-Vaya...creo que ahora entiendo porque soy tan desordenado...ja, ja, ja.- Exclamé a punto de llorar de la risa.
-Creo que me he expresado mal...
-!Oye que ya sé que lo decías en broma no te ralles!
-Ya bueno, es que una vez tuve un novio francés que se ofendía cada vez que decía algo de los estrangeros.
-Creo que eso no depende de ser de fuera si no de ser un idiota susceptible. Aunque bueno conociéndote... quién sabe que bromas le hacías...
-!Pues bromas normales listo! Y como lo pongas en duda te vas a pasar doblando camisetas el resto del otoño.
Tras unos segundos de silencio de pronto ambos empezamos a reír sin freno, los demás debían pensar que estábamos locos puesto que lo normal cuando estas ordenando la ropa no era estar riendo como dos locos.
Broma tras broma fue pasando el tiempo y sobre las siete conseguimos acabar de ordenar la ropa. La tarde estaba siendo muy tranquila, apenas habían clientes y casi todo el tiempo lo pasábamos ordenando ropa y colocando las cosas nuevas que nos habían llegado.
Cuando por fin llegaron las diez ya lo teníamos todo ordenado así que apenas tardamos cinco minutos en irnos, la verdad es que era más agotador ordenar toda la ropa que atender a clientes, pero la tarde tampoco había sido muy buena para la gente, llovía y paraba de llover al poco. Ya me había avisado Leire que los días de lluvia igual venía poca gente y acertó, una vez más.
Al llegar a casa sentí el verdadero placer de tirarme en el sofá tras un largo día de trabajo, ya llevada varias semanas pero quizás ese día fue el más agotador, cogí el túper con sopa que me había dejado hecha mi madre y no tardé apenas en acabármelo. Una vez lo dejé todo recogido fui al despacho de mi madre a agradecerle la cena y me fui a la cama.
Como cada día me tumbé con mi música mientras miraba el techo como si fueran estrellas, quizás era absurdo pero siempre conseguía dormirme al poco así que era efectivo.
Había sido un buen día, empecé a creer que sí que era posible que mi vida diera un giro de ciento ochenta grados, que todo empezara a ir realmente bien y la verdad era que lo estaba yendo, cada vez era más feliz y lo mejor de todo es que no era consciente del motivo. Todavía.

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